El proceso más difícil de mi vida

Nota Importante: Este artículo es la segunda parte del artículo El último día que ejercí mi profesión. Una serie de escritos donde narro cómo un percance en mi salud me ayudó a ser una escritora autopublicada. Te invito a leer la primera parte si todavía no lo has hecho.

¿Has sentido una profunda tristeza al ver tus sueños y metas derrumbarse? Eso mismo sentí cuando escuché al médico que me atendía aquél día de abril.

Te comenté que soy terapeuta ocupacional de profesión, aunque hace algún tiempo que no lo ejerzo.

Los terapeutas ocupacionales somos profesionales de la salud dedicados a la rehabilitación e integración de los individuos con discapacidades y necesidades especiales a sus ocupaciones. Nuestra misión es lograr que ese individuo sea independiente en todos los sentidos a pesar de su limitación física o mental.

Y allí estaba yo en la oficina del médico con serias dificultades para caminar y mantener el balance. Me preguntaba cómo iba ir al trabajo con esos síntomas. Con angustia pensaba cómo podría ofrecer un servicio de calidad cuando no podía mantenerme de pie y sentía que todo daba vueltas.

Después de examinarme y escuchar mi descripción de los síntomas. Me miró y dijo: “Necesito hacerte varios estudios para corroborar mi sospecha, pero tus síntomas parean con el diagnóstico de Esclerosis Múltiple.” Así me lo soltó, como si me estuviera leyendo el periódico. Sin adornos y tacto.

Bajé mi cabeza y en mi mente me vi en silla de ruedas. Sentí el llanto subir por la garganta pero no pasó de allí. No hablé, me parece que ni siquiera miré a mi esposo. En mi mente traté de entender aquél terrible diagnóstico pero solo alcancé a tomar los referidos que me hizo y salir de allí para hacerme los estudios que mandó.

Luego de semanas de angustia, de pensar que tenía Esclerosis múltiple, de buscar información en el Internet sobre esa condición, de continuar con los movimientos involuntarios de los músculos, sentir debilidad física y cansancio extremo, llegaron los resultados. Por toda la información que había leído sabía que era Esclerosis Múltiple. Mis síntomas eran casi idénticos a los de la condición. Cuando abro los resultados decía que salieron negativos.

Al principio sentí alivio. “Oh, no tengo la condición. Posiblemente no tengo que usar silla de ruedas. Pero ¿si no es Esclerosis Múltiple qué tengo, qué le pasa a mi cuerpo?”

Entonces comenzó otra tortura; visitar varios médicos y realizarme un sinnúmero de estudios. Nadie sabía lo que tenía. Varios médicos me dijeron que mis síntomas eran un enigma porque se parecían a los de Esclerosis Múltiple, pero no lo era; a Lupus pero tampoco era, Artritis Reumatoide, pero no era.

Un médico me dijo que fuera al psicólogo porque probablemente era algún trastorno mental. Esas palabras me devastaron porque como profesional de la salud sabía que no era eso. Ningún médico daba exactamente con la raíz de estos síntomas. Así estuvimos por largos meses, experimentando mucha incertidumbre y en ocasiones temiendo lo peor.

Hasta que un buen día una neuróloga tras realizarme una serie de estudios, dio con el problema.

Bueno, en realidad eran dos:

  1. En el área cervical tenía 2 discos herniados y uno de ellos estaba lacerando el cordón espinal. (Los discos son como una especie de colchón que están entre cada hueso de la columna. Ese colchón tiene una especie de gelatina en el centro. Cuando esa gelatina se sale del colchón se le llama hernia.) En mi caso eso ocurrió por un desgaste prematuro de las vértebras. Y a eso se le conoce como osteartritis o simplemente artritis.
  2. Sufría de una condición llamada Encefalomielitis Miálgica o como se le conoce comúnmente Síndrome de Fatiga Crónica. Una condición que causa inflamación en el sistema nervioso, debido a una respuesta defectuosa en el sistema inmunitario. No tiene cura.

De momento los cielos se abrieron porque ¡supe al fin que tenía! Sabía que no me lo estaba imaginando o provocando. Te confieso que, eso me tranquilizó un poco. Ya sabía lo que tenía, no era una condición mortal, y el saber qué era lo que me sucedía sabía que podría buscar alternativas de tratamiento a pesar de estar consciente que no existe cura hasta la fecha.

Ahora podía enfocarme en buscar tratamientos y en lo próximo que me preocupaba; el trabajo.

Durante el tiempo que estuve visitando médicos, no pude trabajar. Todos mis días de enfermedad del trabajo los había agotado. Para mi esposo y para mí era evidente que no podría continuar trabajando como terapeuta ocupacional. Entendimos que debía renunciar. Tenía que hacerlo. Ya no tenía días de vacaciones o enfermedad acumulados y necesitaba asistencia aún para realizar las tareas simples del diario vivir.

Solo dependíamos del salario de mi esposo –maestro de música del sistema público de mi país–. Pero a todo eso se sumaba las facturas de los diversos médicos que necesitaba visitar y los medicamentos.

Fue una época difícil, muy difícil.

Ante toda esta situación, una tarde mi esposo y yo decidimos sentarnos y dialogar sobre qué íbamos a hacer. Todavía recuerdo esa tarde, ambos sentados a la mesa del comedor.

Sentados, examinamos nuestra economía. Era el tema que más nos preocupaba; ¿cómo subsistir con un solo ingreso y con nuevos gastos? Hasta el momento lo habíamos logrado con algunos ahorros que teníamos, pero necesitábamos tener una estrategia a largo plazo que nos permitiera cubrir nuestros gastos esenciales.

Una de las opciones era que mi esposo volviera al ambiente musical, –el tocaba con varias agrupaciones cuando nos conocimos– pero él no quería hacerlo por 2 razones. En primer lugar, porque no le hacía feliz trabajar en ese ambiente. Y en segundo lugar, porque no quería dejarme más tiempo sola ahora que necesitaba asistencia en tareas simples.

Seguimos explorando otras opciones –algunas de ellas envolvían que él trabajara en algún lugar ofreciendo clases de música– pero ninguna nos satisfacía.

Y de momento, ¡eureka! me llegó una gran idea. Una idea que dió pie a nuestro nuevo empleo.

¿Quieres saber cuál fue la idea? No te pierdas la tercera y última parte: Una lección que cambió mi vida… y cambiará la tuya también

    • Saludos Brayan. Eres muy amable. Agradezco tus palabras. Mi deseos es que mi historia te anime a perseguir tu sueño como escritor. Es posible que durante el camino te encuentres dificultades pero no te desanimes por ello. Sigue adelante mirando tu objetivo. Muchas bendiciones.

  • Hola Iray, soy Martha Rosas..he leído tus emails. La verdad estoy en unpunto crucial en mi vida. Tengo 51 años,.el.año pasado me despidieron de.mi trabajo y tengo un año sin trabajar en forma. Y no he sabido en su enfocarme. Las prisas por obtener dinero me tienen cansada mas si nada por querer salir de la casa de mi madre; porque volví volví ella cuando me despidieron. Y no logró hacer nada. Me gusta el diseño y escribir. De hecho ya empeze una, pero necesito como tu dices, el dinero para poder realizarla a nivel físico. Quisiera encontrar el camino a la tranquilidad y parar esta marabunta de emociones pesadas que no me dejan este en tranquilidad. Saludos.

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