El último día que ejercí mi profesión

Nota Importante: Este el primero de tres artículos donde te contaré cómo un percance en mi salud me ayudó a ser una escritora autopublicada.

Fue hace casi 6 años y medio … pero recuerdo ese día como si hubiese sido ayer. El último día que ejercí la profesión que con esfuerzo había estudiado por 4 años en la Universidad de Puerto Recinto de Ciencias Médicas.

Soy terapeuta ocupacional. Especialista en niños y adultos con necesidades especiales.

Ese día de abril fue uno típico –o casi–. Atendí los clientes como de costumbre. Pero en el transcurso del día me sentí rara. En varias ocasiones perdí el balance y necesité apoyarme de la pared. El ambiente de la oficina lo sentí más frío de lo usual y me percaté que mis manos estaban entumecidas. Pero no le presté mucha atención y continúe mi trabajo sin decirle a nadie.

El reloj marcó las 4:30 de la tarde, sabía que mi jornada laboral había concluido. Marqué mi número de empleada en la máquina y me subí al auto. Cuando puse mis manos en el volante, la mano izquierda seguía entumecida y por alguna razón no podía cerrarla, y a pesar de no tener el acondicionador de aire encendido sentía mi cuerpo helado.

Una voz de alarma sonó en mi cabeza; “estos síntomas no son normales”. Pero traté de tranquilizarme, hice una inhalación profunda y pensé que todo esto pasaría pronto.

Al llegar a casa le comenté a mi esposo aquellos síntomas extraños pero fui cuidadosa con mi tono de voz porque no quería alarmarlo.

La noche transcurrió como de costumbre o eso pensé hasta que cerca de las tres de la madrugada, desperté por los movimientos involuntarios de los músculos en mis brazos, piernas y prácticamente casi todo mi cuerpo. Estaba desconcertada. “¿Qué me está pasando?”, pensé. Aquello no tenía sentido.

Cuando intenté levantarme de la cama sentí mi cuerpo pesado. Tuve que intentar varias veces levantar mi torso de la cama. Me parecía que algo me halaba hacia abajo, como si hubiera aumentado la gravedad de la tierra. Luego de lo que parecía ser una eternidad logré bajarme de la cama.

Al tocar el piso frío de la habitación, sentí que daba vueltas. Estaba mareada. Si bajarme de la cama fue difícil, caminar hasta el baño fue toda una batalla. Sentí que subía una empinada cuesta, como si el piso estuviera inclinado. Necesité sostenerme de la mesa de noche, la elíptica que se encuentra en una esquina de camino y de la pared para mantener mi balance. En mi pecho el corazón martillaba fuerte. Estaba confundida y aterrada. Mis pensamientos estaban nublados. No entendía qué me estaba pasando y por qué se me hacía tan difícil caminar y mantener el balance.

Sosteniéndome de la pared pasé por el pasillo y me tiré en el primer mueble que vi. Durante casi dos horas debatí que hacer. Volví a pasar la tortura de levantarme sintiendo que algo me halaba hacia abajo y a la vez que el piso estaba inclinado. Llegué a la puerta del cuarto y miré a mi esposo durmiendo como un bebé.

¿Lo levanto para que me lleve al hospital?, ¿pero y si se me pasa?, le habré espantado el sueño. ¿Espero que se levante? ¿Y si me pongo peor? Estaba indecisa y angustiada. Por una parte no quería alarmarlo y preocuparlo pero la verdad era que yo estaba con mucha angustia por aquellos síntomas. Como especialista de la salud sabía que estos síntomas no eran normales y temía que fueran síntomas neurológicos.

Los movimientos involuntarios e intermitentes de los músculos continuaban; mis piernas y brazos se sentían pesados y el desbalance cada vez era peor. No me costó otro remedio que levantar a mi esposo y conseguir una cita de emergencia con un médico.

Lo que el médico nos dijo me destrozó. Entre los síntomas de mi cuerpo y su diagnóstico pensé que no podría volver a trabajar.

¿Quieres saber lo que dijo y qué pasó después?

No te pierdas la segunda parte: El proceso más difícil de mi vida…

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